Lo peor no es que se escape. Es no saber dónde empezar a buscarlo.
Salís a recorrer la cuadra, golpeás puertas, mirás debajo de los autos. Cada hora que pasa, más lejos puede estar. Un gato de interior que se escapa por una puerta abierta no conoce el barrio. Se esconde, y vos no tenés ninguna pista.